Querido diario:
Estoy cansada, eso por no decir, "estoy hasta los mismísimos". No es que esté de nones ni de cable cruzado, ni siquiera estoy ovulando, simplemente estoy hasta los mismísimos. Como tampoco se hasta qué mismísimos estoy, digo que estoy cansada y santas pascuas.
No es de ahora, este estado es algo que se repite desde hace un tiempo a partir de un 18 de noviembre, en el que un suceso me hizo reafirmarme en mis convicciones y en que para obtener resultados diferentes, hay que hacer cosas diferentes. Como siempre buscaba el lado políticamente correcto, ahora me toca lo contrario, lo me proporciona ciertos descansos y desahogos inversamente proporcionales a los puntos que baja mi índice de simpatía, no la que poseo, que ese es otro, sino la que despierto en los que me rodean.
El análisis transaccional dirá que he dejado escapar al “niño rebelde” o al “niño libre” Yo se que no tiene nada que ver con eso, pero como carezco de papel firmado que pueda avalar con grandes firmas mi teoría, a la vista del respetable, ganan los transaccionales.
Con todo esto, hoy me apeteció escribir un cuento, el mayor problema es que no se escribir, y el segundo mayor problema es que no tengo ni paciencia ni perseverancia para este menester, cosas estas que las tengo empleadas en otros apaños. Que esto valga como excusa para que mi cuento no sea mirado con ojo literario.
El cuento es este:
Había una vez un honrado campesino, quizás se mejor que borre lo de honrado y ponga solamente “un campesino”, que poseía una pequeña porción de tierra que decidió dejarlo “pa prau” porque le gustaba mucho el verde, la forma en que crecía la hierba y ese gran puñado de florecillas de diversos tamaños, olores y colores que se llaman “malas hierbas”.
El campesino, cuidaba su parcela, vigilaba que no le faltara agua, abonaba la tierra para que siguiera dando lo que ella estaba dispuesta a dar y vigilaba ferozmente que su “cosecha” no invadiera las parcelas ajenas. Para ello todos los días recorría los límites y cortaba, incluso arrancaba de raíz, aquellas “mala hierbas” que pudieran irrumpir en los terrenos ajenos.
Un día, en medio de su terreno, creció una hermosa flor que destacaba sobremanera. Todos los vecinos al pasar la admiraban y querían contemplarla de cerca, para lo cual el campesino abría las puertas y así aquél que quisiera pudiera entrar y contemplar la bella flor.
El campesino cada día estaba más orgullos de su terreno y de todo lo que en él se criaba. Seguía proporcionándole los nutrientes necesarios de agua y abono, seguía cuidando de que sus hierbas no traspasaran las demarcaciones ajenas y aquella flor parecía alimentarse de todo aquello creciendo cada día más vigorosa y linda
Un día uno de los vecinos que pasó para admirar la flor, comentó que era una pena que aquél bello ejemplar estuviera allí rodeado de aquellas malas hierbas y comenzó a caminar por el terreno inspeccionando y criticando todo aquello que le pareció inoportuno. En su paseo aplastaba sin contemplación aquellas hierbas que el campesino cuidaba a diario. Así cada día, aquél vecino pasaba a ver la flor e iba pisoteando cada vez más terreno y más hierbas del campesino. Un día, este le hizo ver que con su actitud, estaba destruyendo aquello que a él le hacía feliz. El vecino se disculpó y continuó visitando la flor, cada día más hermosa, pero no solo no dejó su hábito de ir pisoteando el resto de la propiedad, sino que de vez en cuando iba arrancando aquellas hierbas que él consideraba del todo perniciosas. Esto llevó a algunas discusiones con el campesino, que no obstante continuó dejándole llegar a la flor.
Un día el campesino viendo que el vecino hablaba con otros vecinos y que estos comenzaban arrancar hierbas, decidió poner un cartel en el que se leía: ¡Por favor no arranquen las hierbas!
Jo como me estoy enrollando. Con vuestro permiso cogeré mi estilo y le daré un poco de vidilla a esto. Total que después de poner el letrero, el vecino “coñas” no sólo no se conformaba con llegar arrancar y pisotear aquello que a él le parecía, sino que trataba de convencer al resto de los vecinos de que hicieran lo propio. Total que el honrado campesino, seguía abriendo la puerta para que pasaran a ver a aquella hermosura de flor, la cual iba dando esquejes, de los que salían otras flores lindas y maravillosas y seguían pisoteando su querido terreno.
A pesar de que iba cambiando los carteles dando instrucciones cada vez más claras y precisas, de que abandonó las amables palabras para poner un:”Cojones que no piséis el prau”, no consiguió nada. Hizo un camino por el cual debía pasar para llegar hasta la flor, pero el vecino coñazo, se salía a pisotear, arrancar, incluso a cavar donde el creía conveniente.
El campesino iba perdiendo la paciencia y cada vez que llegaba aquel vecino para ver la flor, él sacaba unas vallas para delimitar el camino y ponía más carteles, pero ni aún así conseguía que el vecino le hiciera caso. Total que un día, hartito del todo, decidió cerrar las puertas a ese vecino y así cuando quisiera ver la flor, este tendría que avisar e ir siempre acompañado. Pues ni con estas consiguió nuestro campesino su deseo, el vecino, puñetero y cabezón, hacía túneles e ideaba todo tipo de artimañas para pasar por la parcela pisoteando y aplastando todo aquello que no era de su gusto. Total que al campesino se le hincharon bien hinchados y preparó un dispositivo que cuando llegaba el vecino a ver la flor, las puertas se cerraban, las alarmas sonaban y un grandioso cartel anunciaba:
“Prohibido ver la flor,
se lo digo al vecino
hijoputa y maricón”.
Desde entonces, el vecino se queda a las puertas llorando, maldiciendo y contando a todo aquél que pasa por allí como el malvado campesino no le deja acercarse. Unos se quedan con él y echan peste campesino, otros pasan y comprueban como el campesino vive feliz viendo crecer a su flor, y a sus hierbas, cuidando de que no traspasen a la parcela de al lado y hablando con todos aquellos que llegan a su vera. Algunos le preguntan si no sería mejor que arrancara las malas hierbas, él les contesta que le gustan así, entonces se van con cuidado de no pisotearle ninguna y al día siguiente vuelven para contemplar la flor, poniendo el mismo cuidado.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Sabes que hice yo?? Arranqué las flores del rododendro pq estaba hasta los mismisimos webss de la xente, cada uno actua de una manera, ya ves...
Publicado por Invitado
viernes, 01 de junio de 2007 | 2:50
ale¡ que comencé a leer y pensé que era de esos centos con moraleja descrita, pero mira que no.
esta hasta bonito, y ya es de cada cual que se invente su reflexion, porque personalmente no sé cual es la suya.
a mi me deja el mensaje de que no toca sembrar matas donde la gente las pueda lastimar, eso le pasa a las flores que mi mamá deja en el jardín de afuera, todos las arrancan y ella mantiene con los pelos de punta de la rabia, pero carajo, las sigue sembrando.
la otra enseñanza es que a veces los sapos metidos fastidiosos inconcientes envidiosos, solo entienden cuando se les echa la madre.
La interpreteación que yo le "di" es que hay mucha gente que se empeña en dirigir la vida de los demás y de decirle que ha de hacer y que no.
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