Será la primavera, será la revolución de la hormona, la tonta, el caso es que por estas fechas desde que tengo uso de razón, o mejor dicho desde que me acuerdo, siempre ando revolucionada en algún sentido, aunque todo se reduce a tener unas ansias locas por dormir. Siento una necesidad enorme de dormir, más que de chocolate. Es como si mi invierno no llegara en diciembre, sino el 21 de marzo y tuviera que hibernar. Y tengo la sensación como cuando te ponen una escayola que te parece que todo el mundo va escayolado, o estás embarazada y luces orgullosa una buena barriga y resulta que el resto de la hembras de la gran manada también parecen estar preñadas. Pues con esto de dormir, lo mismo, todo me lleva al sesteo. El otro día encontré un artículo en el que se decía que el cuerpo humano está capacitado para hacer 9 siestas diarias y yo pensaba: “ si me dejan, alguna más”.
Ahora sé un poco mejor a que se debe, aunque no siempre fue así, de jovencita, le echaba la culpa a la semana santa y recuerdo de comentar con mi abuela lo echa polvo que me ponía la pasión, pero ella, mujer sabia se reía y me decía: “anda, anda, que lo que te pasa es que las mañanitas de abril son muy dulces de dormir”. ¡Así que es eso! le contesté un día, menos mal que me queda poco mes…- “y en las de mayo no se oye cantar al gallo”, me respondió ella. Total que de la primavera ni me entero, porque entre que se acaba, me entero, me desperezo y tal, el verano encima y yo sin depilar.
Todo esto venía a cuenta de que hace mucho que no pongo una receta y no solo aquí, en otros lugares reclaman mi atención culinaria, pero yo, como si tuviera almorranas, sufriendo en silencio este letargo dinámico y creativo. Pero hoy me dije, “de aquí no paso”.
Estuve buscando en mi archivo y solo me salían cosas de chocolate y me recordé a mi misma que si quiero seguir manteniendo otras adicciones, debo rebajar el consumo del alimento de los dioses, por mucho que lleve un nombre de diosa.
Así que no me quedó más remedio que cocinar y además una receta de las más tradicionales, un ragú, que ahora parece que están de moda, si bien es verdad que yo antes, cuando era menos ignorante que ahora lo conocía con el nombre de guiso. Tampoco le puse patatas porque no uso, salvo en contadas ocasiones y los trozos eran más bien grandes, pero me empeñé en hacer un ragú y ya está. Era de conejo y se necesita tan poco…tan solo un conejo, cebolla, tomate, una hojita de laurel y nada más, aparte de un buen chorro de vino, seco a ser posible y mucho pan para mojar después.
Mientras lavaba los trozos del conejo, me acordé de ese dicho de que el roce hace el cariño y pensé que qué tonterías más gordas se dicen a veces. A Los Visitantes, les dejaba yo a los defensores de la frasecita y depués de 7 meses, sin saber cuantos faltan para la despedida que me la repitieran notándose como creció el cariño.
Mientras secaba los trozos con harina y los doraba en mi olla GM, pensaba en una foto que tengo y en qué historia podía contar con ella, pero sigo sin saber que historia contar con ella o quizás no me atreva a contar una historia con ella.
Cuando ya tuve todo el conejo dorado apetitoso, puse a sofreír la cebolla, lentamente que para eso estaba haciendo un guiso de los de antes, ragú de los de ahora. Y mientras iba tomando un aspecto dorado y transparente, picaba varios tomates en trocitos quitándoles las semillas y el agua, para echarlos con la cebolla y cocinarlo un rato. Como tenía tomates secos, eché unos pocos, que dan un sabor muy particular y deje que se fueran hidratando un poco. Cuando me pareció que estaba puse el conejo, lo revolví todo bien, cerré programando, menú carne. Al acabar, la salsa puedes dejarla tal cual, a lo basto o si estás sin ganas de tropezones, sacar la batidora y darle, darle, hasta dejarlo al gusto.
Creo que os voy a poner la foto, quizás me contéis vosotros la historia.
No son templarios, son cruzados de la segunda cruzada.
La Posada te ofrece
Te ofrece un salón donde tratar todos los temas, la biblioteca para los libros, la sala de tv con peliculas,la cocina y sus guisos; la buhardilla llena de magia y nostalgia cuyos objetos cuentan una historia y por supuesto los cuartos personales