A ver chachos si me hacéis una buena critica que lo quiero enviar a un concurso de esos.
Se me va el aliento, se me escapa el alma, el hierro filoso me aparta de la vida sin piedad alguna. Nunca saldrán de mí gritos de súplica, mis ancianos ojos sólo se enjugan de melancólica resigna. Me astillan la carne, quiebran mis fuertes huesos, pero nadie ve mi dolor. Nadie. Siquiera se percatan de que agonizante yago en mitad de la calle, en mitad de sus vidas, vidas que yo he visto vivir, vida que me abandona y que ya no volverá a mis venas vacías, pues ya he llorado cuanto había en ellas. Será posible... ¿Acaso soy invisible? ¿Acaso no se cercioran de que tropiezan con mi cuerpo penado, de que lo desdeñan, de que lo condenan al olvido? No hay nada más mortal y eterno que el olvido. En el día de hoy mi añeja existencia se apaga con su indiferencia, que me duele más que la sierra implacable que desgarra mis entrañas. Cuán diferente era la vida cuando apenas desperté en ella, en este mismo lugar en el que me asesinan esos hombres indolentemente, como si fueran simples autómatas sin seso alguno. He visto desde entonces pasar tantos rostros diferentes, llantos, risas, bromas, juegos. He oído tantas palabras, murmullos, canciones, suspiros de amor primero. He vibrado con la alegría de quienes pasaban a mi lado y he sentido cada uno de sus pesares como si fuesen míos. Yo los he mirado a todos ellos, los he visto crecer año tras año, van y vienen, como todo en la vida, pero cada uno de sus rostros y sus nombres ha quedado tallado en el fondo de mi ser. Nada ha escapado jamás a mi curiosidad insomne. Pero ahora mis recuerdos también quedarán mudos, asimismo a ellos les cortarán las venas. Hoy, puntualmente, como siempre, a las dos y diez de la tarde me ha rodeado el mismo bullicio apresurado que tan bien conozco, el mismo que he oído casi hasta el hastío día tras día desde mi juventud. Pero esta vez una tremenda melancolía ha recorrido en oleada frenética cada rincón de mí, estremeciéndome de una manera desconocida hasta ahora. Aquella sería la última vez que los viera, a mis muchachos, a aquellos cuyos padres y hermanos también fueron mis muchachos en un día ya remoto. En mi interior sé que todos ellos han pasado alguna vez, aunque fuese inconscientemente, sus ojos sobre mí sin saber que yo también los miraba mientras de regocijo hacía sonar la suave brisa entre mis largos dedos. Ahora ya nadie parecía verme, a nadie parecía importarle, nadie parecía recordar que alguna vez estuve allí incluso desde antes de su nacimiento.
Me sentía morir de pena, de nostalgia, de olvido mismo, envuelto en una soledad abrumadora. Mas, de pronto, unos inesperados ojos se clavaron en mí. Sí, ella me miraba. Oyó mi silencio, sintió mi dolor y lo hizo suyo. Permaneció allí mientras se paraba el tiempo y pude ver que por su mente pasaban las primaveras, los otoños, los inviernos pasados... Ya nunca más su mirada acariciaría las yemas de mis ramas que rompían al alba de la estación de esplendor, mis verdes hojas movidas por el viento, mi apacible quietud... ni escaparía su mente entre mis ramas desnudas en los días de bruma desde su aula de filosofía. Parecía tan triste e invisible como yo. Su alma lloró en silencio, como la mía y prometió que no me olvidaría. Sé que ella me hará ese honor. Miró por última vez mi tronco nudoso y se alejó jurándose que de ese momento protegería a los míos con su cuerpo y con su alma. Una sonrisa de gratitud se me dibuja en el cansado rostro, su gesto a paliado mi dolor y mi soledad. Cierro entonces mis ojos tranquilo para no abrirlos nunca más.
Ehhhhh, impresionado me has.
La última parte me ha gustado muchísimo, así que mas tarde, repuesta de la impresión volveré a leerlo y ya te comentaré, tronco
Aunque me resultó un mpoco machacón, no pude evitar sentir la tristeza de ese ser, victima probablemente de algún concejal de urbanismo, para quien el progreso y la modernidad pasan por destruir todo aquello que significque vida.
Me ha gustado, aunque para el planeta debes practicar un poco más.
Publicado por seudolus
miércoles, 19 de abril de 2006 | 19:33
El relato está bien escrito, me gusta como cuentas la muerte de ese árbol, la verdad es que puede uno meterse en el momento de la tala y los recuerdos. Me gusta la segunda parte, por el toque esperanzador y porque la veo mejor construida que la primera. Tal vez en la primera esté demasiado reiterado el sufrimiento del árbol y se hace más lenta. Es una opinión. Anímate y preséntale al concurso, ya nos dirás como te fue. Y sigue escribiendo.
Un saludo de Seudolus.
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