La Posada del Bosque
lunes, 13 de marzo de 2006
AMBICION MORTAL
ESTE ES UN RELATO REAL , TOTALMENTE REAL - YA EXPLICARE SU ORIGEN.





A mediados de la década del cuarenta, terminada la segunda guerra mundial, se produjo una gran inmigración a la Argentina. De la vieja Europa , aún humeante por la enorme catástrofe que la había arrasado, llegaron centenares de miles de personas, buscando un futuro, una tierra de esperanza y libertad. Era gente joven en su mayoría. Masivamente llegaban familias enteras huyendo de la hambruna y la miseria que cargaban sobre sus hombros. Y esta tierra generosa les abrió sus brazos. Muchos apostaron por el valle del Río Negro, ese alto valle irrigado y convertido en vergel productor de trabajo y comida.
Ese lugar es en alguna medida uno de los portales de la inmensa Patagonia. Se trata de un oasis de cien kilómetros de largo sobre la margen norte del río que da origen a su nombre, y su fecundidad se presta a engaño; hay que cruzar para el sur este curso, y allí sí, estamos en la Patagonia que le desagradaba a Darwin.
De los plegamientos más antiguos de la tierra, con cadenas de bardas redondeadas y mesetas donde el viento silba a través de montes bajos y espinosos, con escaso régimen de lluvias anuales, tiene huellas de mares ignotos, cementerios de dinosaurios, bosques petrificados, y todo como para resistir al olvido. Como contrapartida, al oeste y custodiados por los Andes, la Patagonia tiene bosques milenarios, lagos de ensueño, lugares inimaginables, únicos, de una belleza increíble, todo lo que obligó al Dr. Gregorio Álvarez a escribir una de sus obras: "Donde estuvo el paraíso". Y no exageraba.
También cambia el hombre. Muy al sur, hacia el estrecho de Magallanes en grandes estancias, criadores de ovejas, sajones, otra cultura, lucro y bienestar, pero aquí en el peladero desértico, paisanos nuestros, mestizos, buenos jinetes, crianceros, pero pobres, propietarios de ovejas y cabras menudas. Es así nomás; pasado ese río en balsa, cambia el hombre; las distancias larguísimas, las sendas ásperas, los silencios ensordecedores. Se siente la pequeñez humana. La envuelve el cielo inmenso. El rancho de adobe y techo de pichana y barro hecho de palo a pique, aparece de pronto detrás de algún promontorio que seguramente repara del viento del oeste. Este entorno, ardiente en verano y helado en invierno, quizás se repita a dos o tres leguas de distancia o más, sobre la tierra arisca. Los moradores son silenciosos, taciturnos, observadores, prevenidos, nada es fácil, siempre acompañados de esas soledades. Eso sí, saben mirar. Todo esto al sur. Cruzando la balsa, para el norte, la civilización, las chacras de frutas, los aromas, el bienestar.
A esta región, allá por el año mil novecientos cuarenta y seis, arribó desde su Italia septentrional Pío Luccianni. Aquí tenía un hermano mayor, Italo, que había llegado antes que comenzara la guerra en Europa. Para cuando Pío se encontró con su hermano, aquel ya estaba encaminado económicamente y le había girado el dinero para el pasaje.
Pío media un metro setenta y nueve según su documento, rubio, de ojos celestes grisáceos, bastante juntos, digamos que era un tipo de buena estampa.
Pasados quince días y reconocida la parentela compuesta por dos tíos y varios primos, gente que ya había arribado al valle quince o veinte años atrás y que con su esfuerzo habían conseguido formar varias chacras de frutales, Pío fue a trabajar a una de ellas. La cosecha comienza a mediados de diciembre y se prolonga generalmente hasta los últimos días de abril del año siguiente.
Su tía Antonia, lo instaló en la casa principal con uno de sus primos aproximadamente de la misma edad, veintitrés años. Tenían una sola habitación para los dos. Comía a la mesa con el resto de la familia. Era trabajador por cultura. Cosechar fruta parece una cosa fácil, pero hay que ser muy cuidadoso, todo arranca con el acto de la cosecha de la planta. No puede golpearse una contra otra, especialmente la pera, ya que se marca enseguida, y como del monte pasa a los galpones de empaque, donde es clasificada por tamaño, luego son separadas por calidad, embaladas y al fin despachadas para el mercado. Hay plantas que miden de promedio siete u ocho metros de alto. Hasta allí se sube con unas escaleras especiales y de una en una se llenan los recolectores con fondo de lona móvil que permite manipular la fruta sin golpes, hasta bajarla a los cajones que se hallan en el piso. Todo le fue explicado a Pío y todo lo entendió. Podían trabajar hasta los domingos, fruta sobraba, realmente se trabajaba duro. Los sábados a última hora, su tío le daba dinero a todo el personal. Lo primero que conoció Pío de la mano de sus primos, fue la casa de la paraguaya, un prostíbulo bastante limpio donde no se despachaba bebida alcohólica. Trabajaban varias pupilas, la dueña no trabajaba, hacia relaciones públicas mientras fumaba tabaco negro y charlaba amigablemente con los clientes. Para beber unos tragos, se iban a un boliche de las chacras, que estaba a trescientos metros, consumían un par de cervezas y retornaban a la casa del tío antes de la una de la madrugada, ya que siempre se trabajaba al día siguiente.
Así arribaron a mediados de mayo. Ya caían unas heladas de dos o tres grados bajo cero y había que esperar que el sol calentara un poco. Se dio por terminada la cosecha, su tío le entregó una suma de dinero y lo mandó para el pueblo en una camioneta conducida por uno de sus primos; antes de salir quedó de acuerdo en que el domingo siguiente almorzaría en la chacra juntos y con su hermano Italo.
Fue un banquete donde comieron las exquisitas pastas caseras de su tía, acompañadas de pollos asados, encurtidos, fiambres y quesos caseros, etc. Pío era medido para comer, pero degustaba de todo un poco... Los comentarios versaron sobre la cosecha fundamentalmente, cantidad y calidad realmente muy buena, su tío estaba contento, ya tenía el porcentaje de descarte de la planta de empaque que era mínimo. Antes de retirarse a dormir un rato de siesta, Pío fue llamado a una pequeña oficina en la que su tío ordenaba la administración, ya que además de esa chacra, tenía otras tres más. Le dio a firmar cuatro recibos con las liquidaciones detalladas, y dos planillas más en las que figuraba en cada renglón un empleado. Le explicó que en materia de personal lo más barato era llevar todo en orden, y sacando un sobre del cajón del escritorio se lo dio.
Le pareció indiscreto mirar el contenido en presencia de su tío a quien consideraba un patriarca. Regresó a la casa de Ítalo. Allí contó el dinero y luego le dijo a su hermano la cantidad que había recibido. Ítalo le comentó que los tíos estaban muy conformes, que había trabajado bien, que sí, que era bastante dinero pero la cosecha se paga muy bien. Le confesó a Ítalo que sus primos jamás le permitieron pagar ninguna cerveza, que lo único que había gastado eran los servicios en casa de la paraguaya.
Ítalo había hecho planes para su hermano.
Paralelamente a su mercado, una especie de autoservicio, al que estaba afectada toda su familia, tenía el negocio de la leña.
El pueblo aún no tenía instalado el gas natural. Se consumía kerosén o leña, preferentemente de "matasevo", leña de unas calorías extraordinarias, dura como un mineral, cuyas brasas se resisten a apagarse. Pero es costosa. Se saca del desierto, del lado sur del río; hay que cruzar la balsa. Tiene costo por sacarla y costo por flete. Italo tenía todo para este rubro de su negocio, pero ya no lo podía atender. En el patio estaba estacionado un camión canadiense de los que se habían fabricado para la guerra. Se lo manejaba un chofer pero ambos estaban disconformes. Uno por lo que ganaba y el otro por la forma de manejar el camión. Contaba además con una báscula que pesaba hasta mil kilos y una sierra circular de mesa con motor trifásico, es decir todo el equipo necesario para estos trabajos. Así que una tarde, Italo llamó a su hermano Pío, y le dijo:
Vos sabes manejar bien, aprendiste en la guerra. El tema de la leña es un negocio muy bueno, solo que hay que dedicarse, como lo estoy trabajando ahora no sirve. Hay que traer la leña del monte en rama, como te la cargan en el camión, y aquí con la sierra las cortas de veinticinco centímetros, de modo que entre en la hornalla de las cocinas hogareñas. Yo la estoy vendiendo en rama, como viene del monte, pero te repito que así deja de ser un negocio brillante, pues la tienen que hachar en las casas. Esa plata que ganaste guárdala para pasar el invierno. Desde mañana comienza a acompañar al chofer, de paso le vas agarrando la mano a las huellas del campo y aprendes a subir y bajar de la balsa con el camión, estate listo para las siete y media de la mañana.
Llegó el chofer en bicicleta. Italo le habló de su hermano. Él te va a acompañar, ten paciencia con el idioma, ya maneja una especie de chapuza y se hace entender. En la canasta hay comida para los dos, los otros cajones son de mercadería para los sacadores. Pío miraba, escuchaba y entendía, y sin ninguna flojera cargó las cosas en el camión que tenía una pequeña baranda, en tanto el chofer arrancaba el camión para que calentara el motor. Antes de sentarse de acompañante, su hermano le dio unos gruesos guantes de baqueta que los puso en la gaveta junto con los del chofer. Previo a marchar, el chofer le preguntó a Italo:
− ¿Cuanto vino le mandas?
− Veinte litros.
− Van a tirar la bronca.
− Lo siento, vos sabes bien lo que pasa si le das canilla libre. Hasta la vuelta.

Por entonces no se conocía el asfalto, eran rutas afirmadas de canto rodado que sacaban del río. Se marchaba despacio, había que cuidar el camión, especialmente los neumáticos. Por un camino de chacras más ancho que los demás doblaron a la izquierda treinta kilómetros, y a la derecha nueve, hasta la balsa de "Paso Córdoba"
Pío estaba mudo. Eran las ocho y media de la mañana y estaba bien claro. El sol despuntaba por el lado del este, hacia donde corre cristalino y profundo, el río, “ el negro”, como le dicen los paisanos. Increíble.... pensaba Pío.. El camino terminaba en el agua.
Allí estaba atada con dos aparejos, uno de cada lado a unas estacas de hierro amurradas en la orilla, una balsa pintada de blanco, cuadrada, que sobresalía un metro del nivel del río, su capacidad era para un camión con acoplado o un camión solo y dos coches. A su vez estaba amarrada a una gruesa maroma de cable de acero de más de una pulgada y media de diámetro, que sobrepasaban largamente los más de doscientos metros entre ambas orillas y a una altura de tres sobre el agua, llegando hasta los encastres de cemento que la soportaban. Sobre esta maroma trabajaban con un cable mas fino sobre un juego de ruedas con ranuras en su circunferencia a la altura de cada extremo de la balsa, y mediante el simple mecanismo de variar el ángulo de la balsa con respecto a la corriente, esta misma se encargaba de iniciar suavemente el movimiento de cruzar el río.
Al costado derecho del camino, un trecho antes había dos autos estacionados, un paisano de bombachas de gabardina viejas, alpargatas y medias tejidas con lana de oveja caseras, pañuelo al cuello y campera gris de paño que les proveía Vialidad Nacional de quienes dependían todas las balsas y su personal que cruzaban en los dos sentidos todos los ríos de la Patagonia. El terraplén del camino terminaba justo en el piso de la balsa. Dos balseros giraron una rueda con manija que inclinó el ángulo y el agua presionando sobre su lado derecho inició la lenta marcha hasta la otra orilla, unos doscientos metros. Durante el cruce Pío miraba el agua color esmeralda, que cada tanto transportaba alguna pálida hoja de los sauces de la costa. Una cosa le llamó la atención de los pasajeros, todos usaban fajas de diez centímetros hechas a telar ajustadas varias vueltas a la cintura sosteniendo las bombachas de campo, sobre estas usaban los cinturones de cuero. En la parte de atrás de la cintura, entre la faja y el cinto llevaban envainados sus cuchillos, casi todos de buen tamaño. Antes de terminar el cruce alguien habló con el chofer, Pío no sabía de qué se trataba.
Amarrada la balsa en la orilla opuesta, el chofer recién se subió al camión y le dio arranque, pero hasta no sacarlo de la balsa no se podía subir ningún pasajero: Se alejó unos metros por la huella y luego se detuvo para que subiera Pío. También lo hicieron cuatro paisanos que habían cruzado y andaban a pié. Se subieron atrás. Pío le preguntó al chofer en su castellano básico por aquella gente y el chofer le hizo entender que debían llevarlos.
Lentamente, a los tumbos dentro del “canadiense “, fueron avanzando. El chofer era de pocas palabras; el acompañante miraba todo. Cruzaban avestruces, guanacos, liebres patagónicas , perdices, martinetas ; todo era todo nuevo para Pío, todo libertad.
El camino era malo pero duro y luego de dos horas de marcha el chofer frenó. Tres paisanos saltaron al suelo y le agradecieron, retomó la marcha doblando a la derecha., era solo una huella, al cabo de otra hora llegaron al lugar donde sacaban la leña, el cuarto paisano formaba parte de la cuadrilla de sacadores.
En una barda, carcomida por el tiempo, se había hecho una especie de caverna. No profunda, grande y alta lo que sería la entrada, todo ese pórtico era de material calcáreo mucho más duro que el suelo arenoso de la zona. Allí había un pequeño fogón. Más adentro en la semipenumbra, se adivinaban los catres de dormir de los hacheros y varias velas apagadas, pegadas con su misma cera en algún accidente de la pared.
Junto al fuego, sentado en unas piedras, un indio mapuche, viejito y sin un diente, al que los soles con el tiempo lo pintaron de color terracota, pelaba papas; no saludó... El chofer bajó del cajón de las herramienta del camión una parrilla y una pala con la que sacó del fuego del viejo, media palada de brasas e inició otro fuego cerca. La leña ardía de inmediato pues estaba reseca, En unos minutos aparecieron los leñeros con las herramientas al hombro. Pío estaba descargando los cajones con las provisiones. El chofer diseminó una palada de brasas bajo la parrilla y puso a asar unos trozos de carne de vaca , costillas con hueso, cortadas en tiras, el clásico asado argentino. Salado con sal gruesa.
Las herramientas de los leñeros estaba compuesta por picotas, barretas, hachas bien encabadas; alguno llevaba una lima en la cintura. Ellos apenas saludaron, sufridos, rotosos, desteñidos sus trapos, pero no su piel que estaba saliendo de un verano abrasador. La mayoría de barba rala , larga y mal afeitada. Uno era el jefe o cabecilla de la sacada, ése, controló la mercadería, mientras el chofer dio vuelta la carne en la parrilla. Esa gente la come muy jugosa, vuelta y vuelta. Sobre dos cajones apilados con el fondo hacia arriba improvisaron una mesa. Y de una de las cajas grandes sacaron una galleta de campo de un kilo. El chofer cortó un trozo de galleta y le agregó dos costillas jugosas que alcanzó a Pío sin ningún comentario, los demás se sirvieron por su cuenta. Los paisanos usan el pan para soportar la carne caliente y cortar sobre él, seguidamente con toda destreza, casi sobre la hoja del cuchillo, la llevan a la boca. Son frugales, comieron dos costillas cada uno y se sirvieron de la renegrida olla del viejo, un cucharón de guiso caldudo. De una damajuana, llenaron con vino tinto un jarro de aluminio de un litro y lo hicieron correr de mano en mano. Pío y el chofer tomaron su trago. Se dio por terminado el almuerzo, alguno armó un cigarro y lo prendió con una brasa. Sin que pasaran muchos minutos echó las herramientas al hombro y salieron para el monte. El cabecilla se quedó.
¿Donde cargamos? preguntó el chofer.
- Por la misma huella del miércoles pasado dijo el paisano.
Subieron al camión, previo guardar la pala y la parrilla, y tomaron una huella transversal a la que llegaron, a los doscientos metros se veían montones de leña desordenados .
- Cuanto habrá dijo el chofer.
- Ocho mil kilos contestó el paisano.
- Bueno, te estás pasando, no será tanto.
- Mirá dijo el cabecilla, en este faldeo del bajo, hay para sacar leña gruesa dos o tres años mas, está a flor de tierra, apenas usamos la barreta pero echamos los bofes arrancando, cortando y apilando.
-
Junto al primer montón estaban todos los paisanos y las herramientas acomodadas a un costado. Una voz de mando llegó de alguna parte.

- Apilá vos, Millaín.

Este de un salto subió al camión. El arreglo implica que la leña se entrega cargada y acomodada. Los palos de poca longitud , pero retorcidos, ásperos, agresivos, de astillas hirientes, eran acomodados diestramente sobre el camión, que casi no tiene baranda, se traba un palo con otro y la carga completa llega como la colocaron. Todo un oficio, duro. Había mas de ocho mil kilos, el chofer lo calculaba con bastante exactitud por la curva de los elásticos. “Por ahí debe de andar” comento el cabecilla; sí, contestó el chofer, es mucha y en una de esas la balsa no nos cruza.

− Si, te va cruzar.
− Si vos lo decís...
− Ah! Y decile al Italo que con veinte litros de vino no alcanza.
− Tiene miedo de que se mamen y peleen, vos sabés que después las cagadas son grandes, ustedes no se pelean con las manos y algunos no saben tomar.
−
El cabecilla no contestó nada. El chofer se dirigió a Pío:

− ¿Se anima a sacarlo?

Pío dio a entender que sí. En Italia Pío había manejado tractores. Sabía conducir bien y no hizo tironear al camión, fue lentamente hasta la huella principal, donde recién le pasó un cambio más, luego hasta la balsa llegó bien. Allí lo subió el chofer , cargado era otra cosa, parecía que hasta la balsa se quejaba de la carga. A lento paso de hombre, todos muy atentos, subieron las ruedas de adelante y luego las de atrás que soportaban la carga, la balsa se movió lentamente, pero aquella era una vieja maniobra que había que hacer así, la seguridad la daba la falta de urgencia. Cuando bajaron de la balsa a las cinco y media de la tarde, el río estaba mas hermoso que en la mañana.
Sin apuro, cargados, llegaron a la casa de Italo quien estaba trabajando con el negocio lleno de gente . El chofer atracó marcha atrás en el lugar de descargar, se calzó los guante de baqueta y comenzó a descargar la leña, solo que como cayera, sin orden, cuando se dio cuenta a su lado sobre la carga, Pío estaba trabajando, en quince minutos descargaron el camión. Faltaba cortar y vender la leña, nada más.
Iba a helar, el chofer le abrió la canilla al radiador del camión para descargar el agua, se abrigó, tomó su bicicleta y se marchó.
Cerrado el mercado, en la cena, Italo le dijo: Diste una vuelta completa, conociste todo el terreno de este negocio y la gente que interviene. Si estás de acuerdo me vas a pagar por todo, quince mil pesos, pero no ahora. Por dos años podes trabajar en mi patio sin alquiler. La plata ahorrada te hará falta para mercadería y combustible para el camión. A los sacadores hay que llevarles la mercadería, vigilar el asunto del vino, pero no cortárselo porque si no, no te trabaja nadie. La sacada de leña cuesta cien pesos la tonelada. Piénsalo y me contestas mañana. Obviamente contestó que si, tenía trabajo y era independiente.
Comenzó. A los pocos días el chofer arregló con su hermano y se fue a trabajar a una empresa.
Pío seguía los consejos de su hermano en todo. La mercadería se la compraba a el. Para ir al campo se arreglaba con otro chofer que le recomendó Italo. Él cortaba la leña en la sierra y vendía. Tuvo suerte de principiante. Ese primer año se descolgó un invierno austral de aquellos, al punto tal que dejó de helar en septiembre, bien avanzado la primavera. La leña se vendía sola...
Terminaba cansado, almorzaba y cenaba como pensionista de una vecina que cocinaba muy bien. Esta señora había enviudado el año anterior y tenía una hija que todo lo que sabia lo aprendió como pupila en el colegio María Auxiliadora de los salesianos en un pueblo vecino. Por la falta de su padre, a los diez y siete años tuvo que dejar de estudiar en el tercer año del profesorado de manualidades, y dedicarse a ayudar a su madre en la casa de pensión.
Pío para entonces manejaba a su manera el español. Sumamente cuidadoso con sus gastos, un domingo por la mañana, encerrado en la habitación que su hermano le cedía, contó la plata que tenia celosamente guardada en una caja de lata de un té inglés. Los resultados fueron sorprendentes ya que guardaba solamente billetes de cien pesos. Tenía el dinero para pagarle las cosas a su hermano, fue lo que hizo. Pero le sobraba aún bastante mas dinero, que utilizó para comprar dos lotes contiguos de quince metros de frente por cuarenta y cinco de fondo. O sea treinta por cuarenta y cinco, En este negocio participó Italo, quien hizo agregar al boleto de compra-venta, una cláusula , que si Pío adelantaba cuotas pagándolas antes de su vencimiento, se volvían a recalcular los intereses y se fijaba nuevamente el precio de la cuota. Tenía dos años para pagar los terrenos, los terminó de abonar en trece meses,
Todos estos adelantos se los comentaba a la señora que le daba pensión.
El ritmo no disminuyó. Venían a comprar leña de otros pueblos. Los terrenos estaban situados cerca de la casa de su hermano y cuando tenía un poco de tiempo se daba una vuelta en bicicleta y los miraba. Tenía proyectada la casa y la huerta en uno de los terrenos y en el otro, el corralón y un tinglado para el camión , la báscula y la sierra.
El negocio rendía con holgura, así que calculó poder distraer cada tanto un viaje de ocho mil kilos de leña y cobrarlos con ladrillos. De esa forma amuralló los dos terrenos haciendo una sola propiedad. En el frente instaló un portón de dos hojas por el que se accedía. Aún con un dejo italiano en la pronunciación, ya hablaba bastante bien el castellano. Cada tanto, quizá con menos frecuencia que cuando cosechaba en lo de su tío, tomaba el camión y solitario se hacia una escapada hasta la casa de la paraguaya..
Inés, la hija de la viuda del comedor, servía las mesas, ya tenia diez y nueve años, frecuentemente cruzaban una rápida mirada con Pío; esbelta, de pelo renegrido, de tez mate, ojos negros y profundos, de físico perfecto, sus ojeras azuladas que denotaban algún pasado árabe le agregaban un aire de misterio a su figura.. Muchacha trabajadora y hacendosa, estaba incorporada en los planes de Pío que cumplía veintiséis años. Un gran proyecto
Un día llegó último a sentarse a comer y lógicamente quedó solo en el pequeño comedor. Inés estaba terminando de arreglar las mesas para la noche. Fue allí cuando le propuso:
"Inés, yo pensé que con vos podíamos formar una familia, nos conocemos bastante, vos sos bastante preparada, las monjas educan bien y juntos podíamos hacer muchas cosas, pregúntale a tu madre y contéstame".
Así comenzó un frío romance que contaba con el beneplácito de la viuda. Es que Pío estaba siempre muy ocupado. Una vez formalizado el noviazgo, Inés pasó a ser la mano derecha de Pío. Para ese entonces se trasladaron del patio de Italo, al corralón de Pío y en uno de los terrenos iniciaron la construcción de la casa, obra ésta que administraba eficientemente Inés quien gracias a los salesianos manejaba muy bien las matemáticas.
Tampoco tenia pereza en ponerse los guantes de descarne y despachar leña y cobrar, rindiéndole a Pío hasta el último centavo. Este verdadero hallazgo incrementó el afán empresario del leñero que compró otro camión que manejaba él personalmente. Conocía esos páramos del lado de allá de la balsa, como la palma de su mano. Tardaron tres meses en hacer la casa. No tenía lujo pero era cómoda y amplia. Antes de terminarla, hizo limpiar el terreno que continuaba hasta el fondo del solar. Uno de los primos con el tractor de la chacra, le roturó todo el espacio con un pequeño arado de discos. La locura de Inés era la huerta, y Pío le dio el gusto con holgura. Dos meses después comenzaron comprar los muebles, Italo le dijo que no comprara heladera, ya que tenía una del tipo comercial, que si bien para una casa era grande, estaba casi nueva, porque la cambió rápidamente cuando abrió el negocio.
A tres años y unos meses de su llegada, Pío se casó con Inés:. La joven ya había cultivado toda la huerta con tal arte, que hasta las tías de la chacra se admiraban. Cuando maduraban las hortalizas, las que no consumían ellos e Italo, las envasaba, tarea ésta en la que también era una experta.
Al año nació Vittorio y a los once meses Sofía. Dijeron basta trataremos de criar bien a estos dos.
Pío seguía con el segundo camión, siempre que salía para la leña, cargaba atrás del asiento una carabina calibre veintidós, le gustaba porque no hacia mucho ruido y usando balas buenas era efectiva a bastante distancia. El chofer no , pero Pío siempre traía algún animal del campo, ya fueran cazados, como los avestruces y martinetas, o carneados, como un chivo o un cordero; en ocasiones trajo algún ternero. No importaba porque la heladera tenia mucha capacidad.
Con el viento en popa, pasaba el tiempo y Pío aumentaba las ganancias. Por consejo de su hermano Italo, abrió una caja de ahorros en dólares en el banco del pueblo, el interés era mínimo pero seguro; él viajaba al campo e Inés era el alma de todo, no se entremetía en el asunto del banco porque Pío era muy delicado y ordenado en esas cosas.
Los chicos estaban terminando la escuela primaria, asistían al mismo curso, la hija había comenzado un año antes. Ingresarían, Vittorio en la escuela industrial y Sofía en magisterio. En un momento de la vida los año vuelan. Sofía se recibía de maestra ese año. Y al año siguiente si no había ningún contratiempo Vittorio sería técnico electromecánico, y pasado un año así fue, ambos hijos con la escuela media completa.
A Inés el renegrido pelo se le estaba encaneciendo a los costados, optó por usar un corte casi masculino que le quedaba hermoso, a Pío en el pelo rubio las canas apenas se hacían notar. Estaban exactamente en la madurez.
Era verano, de madrugada . Pío cargó los cajones con la mercadería para la gente del campo, la canasta con la pitanza, puso la carabina con mira telescópica detrás del asiento e inició la marcha. Llegó a la balsa en el primer turno.
Don Zacarías Toledo capataz de esa balsa estaba de turno, era lunes. El cruce tardaba entre ocho y diez minutos, una vez iniciado, Don Zacarías se acercó a Pío, que estaba apoyado en la baranda mirando como se deslizaba el río bajo sus pies, y le dijo: "Cuando bajes, no sigas, quiero hablar con vos".
Esa mañana Don Zacarías estaba trabajando con el cuchillo atravesado atrás en la cintura. Atracó la balsa, ataron las ruedas de hierro y la afirmaron, y le hicieron señas a Pío que hiciera descender el camión. Lo puso en marcha y lentamente bajó , recorrió unos cincuenta metros y volvió caminando a ver que quería Toledo, este a su vez venía caminando hacia Pío.
Se encontraron lejos de la balsa donde la conversación no se escuchaba. Zacarías tomó la palabra:
" Te voy a pedir que me escuches y que a mí no me expliques nada. Vos sabes que yo te conozco desde el primer día que vadeaste el Negro. En el último viaje que hiciste, le carneaste un capón de veinticinco kilos a Remigio Sandoval, mi cuñado. Déjame seguir, él te estaba mirando, primero sintió el camión que paraba donde estaba la majadita, después sintió el tiro, escondió el caballo en un bajo, y se vino a pié. Te vio todo el tiempo, dice que sos ligero para carnear. Hoy me estás escuchando porque esa mañana se había olvidado de llevar el cuchillo. El te va esperar, sabe que te va a encontrar, dice que así no se le roba a una paisano pobre. Yo te hablo porque Remigio es buena persona, ya estuvo cinco años en la cárcel por lesiones gravísimas. Donde te encuentre de este lado del río se va a desgraciar del todo. Yo sé de todos los animales que se han perdido pero no estoy aquí para abrir la boca. Descargá los cajones de la mercadería para los sacadores que yo se la haré llegar, págame sesenta pesos que vale el capón y no cruces más para este lado.”
Pálido y mudo, Pío sacó doscientos pesos del bolsillo y se los dio a Zacarías. Descargó la mercadería, arrancó el camión, lo dio vuelta y encaró la balsa de regreso que todavía estaba de ese lado del río. Mientras cruzaba estaba seguro que ese era el último viaje, sólo el sabía los kilos de carne robada que había pasado disimulada entre la leña o detrás de los asientos del camión.
Le preocupaba Inés, como le daba la noticia.
Al día siguiente empezó a mentir. Que había discutido con lo sacadores, que no sabía como consiguieron vino, que no habían sacado leña, que el campamento era un desastre y que tenía ganas de largar todo ya que tenía noticias que en el pueblo se instalaba el gas natural. Al que le contó toda la verdad fue a su hermano Italo, que sumamente serio le dijo :" No cruces nunca mas el río, estás condenado."
Pasado un tiempo, un día, el ordenanza del único banco existente en el pueblo, le vino a comunicar que el gerente quería hablar con él, si podía acercarse a la gerencia. Lo atendió amablemente, explicándole que el banco lo consideraba un cliente de lujo, que era el único que tenía semejante saldo en dólares. Le explicó que firmas poderosas, tenían la cuota de sobregiros y adelantos en cuentas corrientes, agotada, y que el banco no le podía atender algunos cheques que libraban, sobre todo cuando tenían que pagar jornales. El gerente le dijo que personalmente era amigo de todos, pero en el banco él tenía límites y disposiciones que cumplir. Y le sugirió que actuara como un banquito paralelo, es decir usura. Le preguntó si sabía los intereses que se aplicaban afuera del banco, y Pío le respondió que si: "Que hasta el uno por ciento diario, porque eran operaciones a muy corto plazo". El gerente sintió un hormigueo en la boca del estómago y no agregó nada, estaba ante un tigre agazapado. Pío le dijo que lo haría únicamente con los clientes que le mandara él, que conocía quienes eran realmente solventes.
Arregló las cosas pendientes, paró los camiones, y se inició en el negocio de prestamista; algo tranquilo, sin necesidad de trabajar y con buen rédito. ¡ Qué leña ni leña!
En el taller de los camiones que estaba junto a su casa , armó una pequeña oficina . Allí se hacían las transacciones con los interesados.
A medida que fue colocando los dólares, se los fueron devolviendo con más los intereses, pero, no los retornó a su caja de ahorro en el banco, quería desaparecer del sistema. Es decir que manejaría la plata en efectivo. Esa gente no abre la boca, no le explica a nadie como vive.
Los camiones no los vendió, les sacó las ruedas y los tenía sobre tacos, pues consideraba que no se los pagaban lo que valían. Los usaba para esconder los fajos de dólares con los que trabajaba, su lugar preferido era debajo y detrás de los asientos. Junto a la plata tenía los cheques en espera de su fecha de vencimiento.
A un costado del galpón había un montón de hierros viejos de los camiones, llantas, elásticos, etc. que pesaría tres mil kilos, entre esta chatarra, estaba tirado un matafuegos de hierro de boca ancha cuya válvula rota no se conseguía. Nunca supo porqué lo llevó a la oficina. Probó a destaparlo. Era a rosca y tenía dos asas laterales para su transporte; lo limpió por dentro y lo pintó. Hermético, sólido, como esas cosas que se hacían antes, a principios de siglo, hechas para durar. Por afuera estaba rayado , oxidado; un cachivache en desuso. La ambición unida al temor de la pérdida de lo material, es amiga del ingenio. Pío lo convirtió en su caja fuerte y estaba siempre tirado en el montón de hierros viejos; un cacharro más, absolutamente desapercibido a los ojos de potenciales amigos de lo ajeno.¿ Quien podía suponer que hubiera una pequeña fortuna en medio del férreo basural?.
En cuatro años de avaricia, los nervios de Pío se hacían presente a cada instante. Lo hacían comer mucho, demasiado, y sin nada de ejercicio físico Pío había engordado veintidós kilos, se había engolosinado con el pan, la sal y el vino.
Siempre pensando en la plata, una mañana se fue al sindicato de camioneros y se dio de baja explicando que hacia tiempo que tenía los camiones parados, la empleada quiso explicarle que igual debía seguir pagando la obra social ,a lo que Pío reiteró que no quería la obra social y que se le diera de baja.
Esa mañana tomaron una taza de café con Inés, el se quedó escuchando la radio para enterarse como cotizaba el dólar y ella barrió el patio y lo regó con una manguera.
Culminada la tarea, Inés volvió a la cocina. Tirado en el suelo estaba Pío, inconsciente. Llamó a su hijo y lo llevaron a la cama. Luego llegó la ambulancia. Traslado, clínica y charla con el especialista. "Este caso es grave, tiene lesiones severas en el cerebro, no me explico como vive. Tendrá que tener mucha paciencia y atenderlo en todas sus necesidades. Difícilmente vuelva a hablar".
Y así, al cabo de un tiempo, en una silla de ruedas, la ambulancia dejó a Pío en su casa. Movía una sola mano con la que se hacia entender por señas, el entendía y asentía o no con la cabeza.
El cartero trajo la factura del sanatorio acompañada de una nota muy respetuosa, aunque exigiendo cobrar la atención de Pío.
Inés fue hasta el sindicato donde la empleada le informó que su esposo había renunciado como socio y beneficiario del sindicato y de la mutual. Inés sintió que un frío le recorría la columna vertebral. Fue al banco para asesorarse como podía extraer dinero de la caja de ahorros y allí se enteró que esa caja no tenía saldo desde hacia dos años.
En su desesperación fue a hablar con Italo. Este la tranquilizó, le preguntó de cuanto era la deuda y le facilitó la plata.
Pagó y pasó días y días preguntando a Pío donde estaba el dinero, que había que seguir viviendo y haciendo cosas, ya que ahorros tenían. Pío la miraba y no hacía ningún gesto ni parpadeaba, ella sabia que la entendía, lo sacaba afuera y le preguntaba donde, pero…nada, nada.
Con los pocos aportes de la época en que trabajaba , Inés gestionó una pensión que equivalía a la tercera parte del sueldo de un operario común, ciento ochenta pesos.
Había mañanas que Pío no quería levantarse hasta la hora de comer.
Una de esas mañanas golpearon las manos y un desconocido le preguntó a Inés: "Patrona no tiene hierro viejo para vender?", Inés ni lo pensó,
- Si tengo, ¿cuanto paga?.
- Diez centavos el kilo.-
Atracaron un camión playo y fueron pesando todo en la bascula de la leña.
Cargaron tres mil cien kilos que se abonaron al contado; trescientos diez pesos.
Terminado el almuerzo Inés le dijo a Pío:" Si ves el patio no lo conoces, vendí toda esa basura de hierros viejos que teníamos ocupando lugar; me pagaron al contado trescientos diez pesos".
Pío abrió los ojos exageradamente., le indicó a Inés que lo sacara afuera, cosa que hizo inmediatamente.
El lugar donde estuvo el hierro ya estaba barrido y regado no quedaba ni un centímetro de alambre.
Cuando Inés miró a Pío no pudo reprimir un gesto de espanto. Su marido yacía con el mentón apoyado en el pecho. Estaba muerto.
Pasado el duelo, y ante la certeza que el dinero no existía, Italo llamó a su sobrino Vittorio y le explicó que aunque se instalara el gas natural, la venta de leña seguiría siendo un excelente negocio, que el tenía todo en sus manos; herramientas y dos camiones. Que además de tantas veces que había ido con su padre a la leña, conocía todo. Pero también le dijo la verdad por la que su padre no pudo cruzar más la balsa para traer leña.
Cuanto Vittorio dejó de lagrimear y pudo hablar le preguntó a su tío como hacía para retomar esa explotación. Italo le dijo que ya había estado en el monte, ya que él era respetado, que junto a don Zacarías hablaron con su cuñado Remigio Sandoval, quien no era hombre de trasladar a familiares viejos rencores, y además – códigos propios de aquella gente - menos que menos al el inocente hijo de un finado; que por el contrario, se había ofrecido como cabecilla para armar una nueva cuadrilla de sacadores, que él sabía donde había bastante leña.
El domingo siguiente, Italo y Vittorio cruzaron la balsa en un auto del tío. Llegaron para saludar y aceptar la oferta del cabecilla Remigio Sandoval.
El río con su corriente esmeralda, colmaba de caricias el vientre de la balsa que desplazaba hacia las orillas a los hombres y sus pasiones.

FIN
Publicado por patagonico2 @ 12:42
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Mi respuesta
Publicado por Matilda1
lunes, 13 de marzo de 2006 | 16:06
Un bellisimo relato, ameno, y lleno de suspense. Una está esperando que suceda algo y ciertamente tiene un desenlace que al final parece ser feliz.
Publicado por Vvanadis
martes, 14 de marzo de 2006 | 13:54
relato reservado para un momento de relajación y tranquilidad, para poder disfrutar con el suve ritmo de sus palabras. Una historia que va creando una intriga y unos deseos de conocer el destino final. contado de forma que te transporta a los lugares.
Al final no era lo que parecía.
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