Tomé la postal en mis manos; era una puesta de sol. Una serie de tonalidades, que iban desde el amarillo hasta el negro; imágenes haciendo contraluz; un árbol sin hojas y yo. Porque aquella figura que parecía contemplar el lugar donde el sol se ponía era yo, con eso no había duda. Miré la postal de nuevo y comencé la aventura.
Fui hasta el árbol, no es que me metiera dentro de la imagen, simplemente fui hacia allí y aquella imagen negra tomó vida dándome desde ese momento otra perspectiva de la situación.
Estaba claro que el mundo se acababa ahí, si continuaba hasta el borde lo único que se podría observar sería el vacío, la nada. Si no andaba con cuidado, aquél borde podría tragarme, llevándome por sabe que caminos o hacia que lugares, quizás al abismo o a la nada o quizás a otra postal.
Podía recorrer aquél pequeño espacio, llegar al borde y regresar al árbol, pero sería entrar en otro de esos círculos viciosos en los que tengo la costumbre de liarme: abismo-salir, abismo-salir. Así que mejor, eliminar el borde, no quería que todo se terminara allí. Poco a poco fui dibujando un paisaje con un camino que me llevaba al horizonte o a donde quisiera. Por cuestiones del contraluz creí mejor que el sol no estuviera siempre allí, por lo que le dije que por favor, fuera moviéndose, así cambiarían las luces y las tonalidades. Cuando estuvo alto me pareció que todo me había quedado un poco soso y en ese afán mío de llenarlo todo y de que no falten detalles fui añadiendo “cosillas” allá donde mejor me pareció. Puse un río, puse animales, puse ruidos, colores, olores; puse muchas cosas, les dije que se moviesen, que siguiesen sus impulsos. Les dije que todo aquello era suyo. También les enseñé dónde estaba el árbol y les avisé del peligro del borde. Uno nunca sabe que puede haber al otro lado, la postal, puede estar escrita, puede estar en blanco, o bien puede tener una mancha de café.
Cuando me pareció que todo estaba más o menos en marcha, me volví al árbol para contemplar esa maravillosa puesta de sol. Desde fuera todo parecía igual, unas sombras, unas imágenes, unos colores. Solo algunos serian capaces de ver la cantidad de cosas que bullían entre el sol y el árbol o la sombra.
Es Dios el hombre al soñar
y al despertar un mendigo
que contempla una postal?
Me ha encantado esta frase
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