Bueno aquí dejo este texto libre y sabroso para que lo disfruteis en el momento más oportuno que preciseis, ya sea a la hora de la siesta o en la medianoche, a primera hora del día o mientras comeis, yo me quedo un rato en la buhardilla contemplando la maravillosa imagen del bosque recién nevado.
LAS PIRULETAS CHORREANTES
Todos en el pueblo estaban sorprendidos del aroma dulce y empalagoso que empezaba a espesar el ambiente del lugar, incluso podría decirse que hasta las nubes parecían delicias de algodón de azúcar esperando a ser devoradas por los más golosos.
En el aire una brisa deliciosa embriaga a todos y una especie de sopor embaucaba a los habitantes de la localidad, por otra parte el griterío de todos los niños y esa mezcla de risas y lamentos que tan frecuentes eran en los chavales había enmudecido la banda sonora de sus habitantes, y que decir del resto ya que todos completamente estaban en una especie de hipnosis que los tenia embriagados con ensoñaciones de caramelo y golosinas.
El cura en su iglesia al beber de su copa sagrada se quedo postrado en uno de los reclinatorios que había colocados en el altar, al igual que todos los feligreses que llenaban el templo, no se sabia si rezaban o dormían, los asiduos del bar reposaban sus cabezas contra las mesas, el veterinario se quedó inmóvil mientras examinaba la ceguera de un perro, los agricultores dulcemente reposaban entre el trigo y la cebada y así todos los habitantes excepto los niños, que reunidos en las orillas del río estaban disfrutando y saboreando todas las piruletas que como caídas del cielo estaban plantadas y colocadas para su disfrute por toda la ribera del río donde en las calurosas tardes de verano disfrutaban de sus baños y juegos infantiles.
Piruletas grandes y diferentes con colores llamativos y sabores tan especiales que tenían a todos los críos lamiendo y lamiendo sin parar aquellas golosinas que nunca se acababan pero que al mismo tiempo soltaban un misterioso líquido que se deslizaba entre sus manos sin darse ellos cuenta, y que en contacto con el aire, era el que había provocado aquella nube de sueño y fantasía que tenía a todo el pueblo adormilado para el resto de sus días, mientras los niños a su vez también se veían embrujados sin poder despegarse de aquellas curiosas piruletas que no dejaban de verter su pegajoso y enigmático líquido.
Aunque por una ventana de la casa más vieja y destartalada en las afueras del pueblo, la vieja Anselma sonreía y se regustaba de placer al contemplar su ultimo y uno de los más conseguidos hechizos, sus piruletas chorreantes con mil sabores mezclados y con efectos narcotizantes habían dejado aquel lugar dormido a sus pies, ya estaba más que harta que todos sus convecinos la ignoraran y olvidaran en aquella casita, así que cansada del desprecio con el que la trataban decidió vengarse a través de los más pequeños ya que sabía que ningún niño podía evitar la tentación de disfrutar de aquellas magníficas piruletas, ahora solo debería esperar a que pasaran veinticuatro horas y el sol del siguiente día se ocultara tras las montañas para terminar aquella venganza ya que transcurrido ese tiempo todos despertarían de nuevo al tiempo que las piruletas preparadas para aguantar esas horas desaparecieran de las pequeñas manos de los chavales y en la vuelta a sus quehaceres tendría a su disposición a esa pobre multitud ignorante de lo que se le venía encima, les ordenaría a placer y ellos obedecerían a todas sus ordenes, convirtiéndose en la dueña absoluta de aquel lugar.
Ella sabía que para cumplir aquel hechizo absolutamente todos los niños tendrían que disfrutar de las piruletas y justo a esas horas Juan que siempre era un dormilón y andaba escondido por los pajares jugando con su perro Bombín, se había despertado de una tremenda siesta y hambriento regresaba a casa dispuesto a disfrutar de la cena que su madre con cariño siempre le tenía preparada y caliente. Al llegar a su casa y encontrarse a sus padres roncando cómodamente en el dormitorio de su hogar y no poderlos despertar, tuvo que apañárselas y comer lo primero que encontró en la despensa de la cocina, y con la envidia de ver a sus padres tan dados al sueño, el hizo lo mismo y felizmente disfruto en su cama hasta el día siguiente.
Cuando se despertó se extraño de que sus papas siguieran durmiendo a pierna suelta, así que allí los dejó se tomo un vaso de leche con galletas y se fue al colegio, al salir a la calle, se sorprendió de la quietud que había en el pueblo, un silencio envolvía sus pasos, y el eco de sus pasos rebotando en sus oídos le hizo sospechar que algo muy raro estaba ocurriendo, de las demás casas solo salían ronquidos y resoplos de buen dormir y lo que ya desbordó todas sus sospechas fue que en el colegio no había nadie salvo la señorita que en la sala de profesores disfrutaba del mismo y profundo sueño con el que encontró a sus padres. Así que decidió averiguar lo que pasaba y descubriendo casa por casa que todos dormían se fue a las orillas de río donde vio a todos los niños disfrutando de sus piruletas pero a la vez sin poder articular palabra alguna, entonces encontró una última piruleta que parecía estar esperándole, pero como el no era dado al dulce y solo disfrutaba de la comida de su madre se la guardó en el bolsillo y volvió al pueblo pensando a su vez en todas las cosas extrañas que estaban ocurriendo, los niños sin poder despegarse de las piruletas, los mayores durmiendo sin preocupación alguna, ¿cual podría ser el nexo de todo aquel misterio?. La solución le llegó de regreso a casa, al pasar por la descuidada casa de aquella misteriosa vieja a la que nadie quería y que siempre había temido ya que todo el mundo le decía que no se fiara de ella y tuviera siempre cuidado de alejarse de su casa, algún presentimiento le hizo entrar por el patio trasero y con cuidado acercarse a la ventana de la cocina, allí con mucho sigilo acerco su oreja a la pared y lo que escuchó le lleno a la vez de espanto y asombro, Anselma estaba preparando sus futuros planes cuando fuera la dueña del pueblo y entonces el bueno de Juan ató todos los cabos y comprendió que todo lo que estaba ocurriendo había sido provocado por las malas artes de aquella hechicera. Se armó de todo el valor del mundo y entró en la habitación con la última piruleta en la mano, cuando Anselma lo vio se quedo horrorizada, ya que comprendió rápidamente que si aquel niño no tomaba la golosina en cuestión, todo el plan que le había llevado tanto tiempo de aprendizaje entre fórmulas y brebajes, se le iba a esfumar en cuestión de segundos, Juan le preguntó a aquella anciana señora como podía ser capaz de llevar a cabo un plan tan perverso, entonces Anselma le explico que había vivido entre la ignorancia y el desprecio de todo el pueblo y que se merecía una recompensa que iba a ser muy dulce para ella.
Juan comprendió que lo que aquella señora necesitaba era cariño, comprensión y aprecio por los demás y le prometió que si eliminaba el hechizo que estaba haciendo efecto en todo el pueblo, el convencería a sus vecinos para que no la discriminaran y la acogieran con afecto ya que ese desprecio que estaba padeciendo no lo merecía nadie en el mundo.
Hay que reconocer que el buen hacer y las hermosas palabras de Juan ablandaron el corazón de aquella anciana que al final ante las tiernas razones del niño accedió a todo lo que le había prometido, así que antes de que se pusiera el sol acudieron a la orilla del río donde estaban los niños y sus piruletas, y Anselma en voz alta dijo –Pirulin pirulero que dejen de chorrear las piruletas y que se despierte todo el pueblo-, y sin más y como si no hubiera ocurrido nada las piruletas desaparecieron y todos los niños volvieron a sus juegos, eso sí con un regusto dulce en la boca que achacaban a las moras que habían comido ni mas ni menos que hace un día, pero ellos lo ignoraban, al igual que todo el pueblo que volvió a sus labores aunque con más ganas que nunca ya que notaban su cuerpo como si hubiera descansado más de un día entero, cuando vieron entrar a Juan con Anselma de la mano todos se sorprendieron, pero el niño que había tomado el control a la situación reunió a todos los que pudo incluidos sus padres y les explicó que aquella anciana hacía los mejores dulces de toda la región y que a partir de ahora la deberían de respetar y no volver a ignorar, y así ocurrió ya que sus piruletas, chicles, caramelos y gominolas fueron admirados no solo en el pueblo sino que su fama alcanzó los límites del país, Juan también obtuvo su pequeña recompensa ya que aquella última piruleta que se guardó en el bolsillo cambio sus efectos mágicos y nunca se le acabó y lo que es mejor cada día era de un sabor diferente, un día sabía a judías blancas, otro a lentejas, el siguiente a chorizo, humm, que estupendo, eso sí, era una piruleta chorreante y eso a su madre nunca le acabó de convencer del todo ya que encontraba todo pegajoso a su paso, pero esa es otra historia para contar y ante todo recordar que los dulces son maravillosos pero no abuséis de ellos porque siempre habrá un señor que agradecerá vuestros abusos y este no es ningún brujo sino que es el dentista de vuestro pueblo que siempre os esperará, así que pirulín pirulero, se termino este dulce cuento.
Leído. Un cuento a la antigua usanza. dond ehay unos hechos, un desenlace y una moralina. Donde el malo es malo y el bueno es bueno y además redentor. Solo una cosa, me quedé con ganas de saber los planes que tenía la malvada vieja.
Ja ja ja, me alegro que por lo menos halla entretenido este infantil cuentecito, hay que ver la de recuerdos e instantaneas que le llegan a uno en esa irrepetible infancia, crisdolot que poemilla tan majo, jeje.
Amigo Peyocicuta, el contenido del cuento me ha gustado, es una historia que deleitaría a cualquier niño, pero el vocabulario creo que es muy poco infantil, no sé si me explico bien, las imágenes están muy bien descritas, incluso podría ser un buen argumento sobre la higiene bucal que los niños podrian entender perfectamente, pero un niño tiene una manera menos convencional de expresarse, quizás al estar escrito en primera persona es mucho más difícil que cuando relatamos un cuento en el que siempre hay un narrador .
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