A raíz de aquel encuentro me determiné a buscar yo también la tan dichosa fuente dichosa. Aquellos sucedidos que me contara el buen Copito de Nieve, así llamado en su aldea por tener un lunar blanco, me motivaron a embarcarme en una de las numerosas naves que salían hacia Copitombia. (Oficialmente descubierta por no sé quién, un marino cuyo nombre no viene al caso) Me despedí tierna y sabrosamente de mi Manuela y de mi padre, no así de mi pobre madre. Habíanse extinguido (los mejores pechos del reino) sus catas de morapio; ya juntó los puntos suficientes para ir al cielo de los cirróticos. Le pedí a Manuela que mirase por la salud de mi padre durante mi asuencia, no se le prolongase demasido.
El objetivo básicamente era cambiar una española por otra Española, colarme en alguna nave, ir a la zaga de algún adelantado, alcanzarlo, claro, y convencerlo para ir a buscar la fuente, hallarla, abrevar, y volver con una cantimplora llena para Manuela. Luego, hechos inmortales, entregarnos a una eterna orgía de los sentidos, apurarnos en un goce sensual perenne, vivir para beber y folgar a dúo como eternal piara Calixtos y Melibeas.
Lecturando, si hasta aquí has llegado sin desistir es que no tienes nada mejor que facer. Héte aquí un extracto de mi correspondencia:
Queridos papá y Manuela:
Ya ingresé en la flota que colonizará Copitombia, disculpad que no diga América, no me acostumbro al nombre oficial. Algo me estremeció cuando llegué al puerto de San Lucar y vi las caras, la velas y las carabelas. Y no estremeció el temor inicial que precede a toda aventura, ni la evocación de tus encantos, Manuela, más bien, el picor que tenía en el carajo, el cual no sé de que coño es. No os preocupéis, en cuanto eche un trago de la amable fuente mágica de seguro que se me quitaba esas costras que me pueblan las noblezas. El plan que tracé ha funcionado. Consistía en presentarme en el puerto de azul así los convencería de que era marino. Me he visto obligado a mentir un poco con aventuras inventadas de una vida dedicada a la mar brava, historias de piratas, de pulpos gigantes de a tres maravedíes la ración en la tasca “ o ración” del puerto de Lugo.
Tuve mucha suerte pues confirmando mi tesis salió un viejo lobo de mar había comido en “o ración” el pulpo muchas veces.
El 15 de Febrero de 1505 parto a nacer eternamente en una de las 32 carabelas que zarparán hacia la Española con 2.500 calaveras como Juan Ponce de León, Francisco Pizarro y Bartolomé de las casas, gente muy amable pero a los que no les auguro un gran futuro.
Pienso mucho en ti todo el tiempo. ¿Cómo está el viejo? ¿Sigues vivo, papa? La próxima desde Copitombia.
Te quiere, etc.
Durante la navegación el tiempo no nos acompañó, digo el bueno, ni al amarrar pues a poco de anclar las naves un tifón de gran ferocidad desarboló la ciudad que nos iba a hospedar. Al verla tragedia don Nicolás de Ovando se quejó de que no había ido allí a luchar contra los elementos ¿o eso lo dijo Felipe el hermoso?. Dejamos los navíos y nos instalamos con los indígenas, que es gente muy amable y que se deja hacer de todo. Juntéme y arrejuntéme a don Ponce de León, que desde el primer momento me pareció tanto por sus cualidades físicas y como por su inteligencia, un verdadero inútil.
Queridos papá y Manuela:
Ayer, en plena selva virgen extra, fuimos atacados por un grupo de fieros “culex pipiens” tal y como dijo Copito de nieve. Al comienzo de la emboscada serían unos doce y cientos a la salida, jóvenes, desnudos, fuertes, ¡daba pena matarlos! Yo fui el primero en darme cuenta de que la situación era insostenible mas no estaba dispuesto a vender barato el cuero (si se entera el viejo me mata). Moriría peleando, aunque fuera a tortas, ¡peleando por huir! Así fue como mis compañeros me traicionaron abandonándome a mi suerte, solo, desamparado en este valle de lágrimas, mientras ellos iban a gozaban del honor de un desigual combate. En ese desazonado tris don Juan Ponce de león, viéndome huir tan honrosamente, no pudo contener la emoción y exclamó, no huyas, cobarde ¡Espérame que voy contigo!.
No hay señales de la fuente. Me recuerda a Galicia que está tan mal señalizado todo.
Besos, te quiere. Etc.
Así nació, papaletras, mi amistad con don Juan Ponce de León. A su lado me jugué los calzones contra la tribu de los “culex pipiens”, también contra ella de los “anopheles” y otras innumerables especies de molestos mosquitos y moscas indígenas pero sobretodo, donde más me los jugué fue a las cinco y media y a la siete y media al tute. Ciertamente don Juan no puede tener queja de mi; le ahuyentaba los bichos, le servía el te como un indio, como una esposa le planche, le lave, le llevé el perro a hacer sus cositas a la selva… Mas un buen día de esos de calor tropical, después de la partidita, entré en su bohío… Estaba marcando los naipes con los que pensaba desvalijar a don Bartolomé esa tarde, lo recuerdo bien. Lo miré con esa tristeza en los ojos que tienen los hombres que han perdido muchas perras con tramposos. Por mi mente pasó como uno de esos antiguos romances de ciego con las viñetas de mi vida semejante a una película. ¡Qué lejos quedaba el día de mi confirmación, de mi encuentro con Manuela, cuyos encantos sin cuento me habían empujado hasta allí, de mi topárme a Copito y su extraño destino predicho por la hechicera de su tribu, de mi mendaz enrolamiento, de mi partida; eso era lo peor ¡mi partida! (don Francisco me acababan de ganar todas las tierras al sur del Amazonas). Pedí licencia (aunque en las indias occidentales no hacen falta licencias pues podrías cazar y pescar sin ellas si no pereces) para conducirme ante mi señor, tomando unas tijeras y un espejo me acerqué y, con el debido respeto, comencé a retocarle el bigote mientras le comunicaba (¡por fin!) que sabía de buena tinta una fuente que sanaba injurias del tiempo. Dejó de escribir, depuso la pluma y dijo “!Detente, necio, mira como estás poniendo la gola de pelos!” dándome un guantazo. Atusóse el mostacho; díjome: “¿Una fuente de tinta? ¡Calamares!” Rememoré mi conversación con mi otra fuente, el negro copito. Le previne que en la Florida se hallaba la que manaba juventudes, cabelleras repeladas y otras carajadas; que a ciencia cierta curaba enfermedades de doña Venus: herpes, sífilis, gonorrea, hemorroides, etc. De pronto exclamó en un acceso de vanidad: “¿Me imaginas vestido de blanco, retratado delante de la fuente?”. Dije que sí mintiendo, porque me imaginaba a mi delante de una fuente… de calamares a la romana. El hambre agudiza la tozudez, ergo, finalmente conseguí que don Juan secundase mis planes. A continuación vino el interrogar a algunos de los indígenas para averiguar que había de cierto en la historia narrada y parece que pesquisó con fortuna pues uno de los indios lo soplo todo cuando le acercó un hierro al rojo vivo a la cara con el fin de refrescarle la memoria. Acto seguido, punto pelota, escribió don Juan Ponce de León escribió al Rey pidiéndole permiso para explorar la isla de Bimini, donde había, según la indiada, una “fuente que hacía rejuvenecer o tornar mancebos a los hombres viejos”. Fernando II se lo concedió el 23 de febrero de 1512 a fin de que recuperase los dineros “que se le debían del juego de la oca”. El 4 de marzo del año siguiente Juan Ponce partió con tres naves del puerto de San Germán en busca de la mítica Fuente de la Juventud. Tenía yo a la sazón 32 años pero aparentaba buena persona. Un mes después, el 2 de abril de 1513, atracábamos Florida, perdón, “en” Florida.
Queridos papá y Manuela:
Ya descubrimos Florida, que es como se dice en Español “quitarle al indio lo suyo”. Yo fui el primero en ver tierra. Aquello es precioso. No os imagináis lo chévere que sería pasar allí los inviernos. El mayor inconveniente son los desplazamientos desde España. En el momento de atracar los nativos nos provocaron, venían desnudos. No quedó otro remedio que defendernos con uñas y dientes. Os escribo desde Florida. Todos menos un servidor han regresado ya a la Española. Sucede que durante la riña los provocadores nos acribillaron con flechas y dardos. De otro modo no se explica que una saeta me alcanzase en el corazón con tanta certeza como aquella otra tuya, Manuela, y me matase. Esta vez huir no sirvió de nada. Herido quedé de muerte, largo y tendido cuan era o ejido. Moría en tierra extranjera sin cumplir mi sueño de beber de la magica fuente mágica. Ni si quiera el cura castrense me oyó en confesión; santa Lucía le conserve la vista. La sed me quemaba el gaznate fieramente así que pedí agua, última voluntad de un moribundo. Dijo don Ponce que no la gastasen potable con un muerto. Alguien me acercó a los labios un casco con agua de charco. De que bebí tuve que devolver el casco. En duermevela creí besarte, Manuela, pero luego te trasfigurabas en Copito y luego en mi papy así que opté por conversar. Enterrarme no pudieron con la priesa. La leña estaba mojada, no me incineraron. Así pues, no hubo ni marmolito ni pirita para el pobre muerto de España. “Es un mierda” dijo don Juan Ponce de León, “no lo enterréis” “¿Y si lo pisa alguien?” “Trae buena suerte” Y todos me pisaron. No sólo eso, despojáronme de mis armas, de mi medadilla de la Virgen y allí me dejaron, expuesto a ser pisado por cualquier supersticioso. Lo curioso del caso es que no me morí (menos mal que me dieron infame y no santa sepultura). Porque el agua del charco era, ¡corcho!, el agua bendita de la eterna edad que abolía la tercera para siempre. Ya no sangraba por la yaga ¡yuju! Me incorporé de un salto para alcanzar las filas mas por más zapatilla que le di, ya con ellos no di.
Os envío este mensaje en una botella. Como no me quedan sellos ignoro si la llevará el cartero. ¿Tu, papá, cómo te encuentras? Espero veros pronto. De todos modos no tengo prisa.
Envidiable diversión la del lenguaje. Siempre me maravillo esa destreza del ingenio y el conocimiento de la lengua, para jugar de esa forma con ella.
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