EL ESTIRÓN
Ahora te contaré, lector, como pegué el estirón y cuando pasé de ser un mocoso más apaleado que el costo del novato a ser un empresario del ron hecho y derecho.
Eran las fiestas de Callosa y yo un rapaz que corría detrás del brillo y el humo de los moros… de los moros y cristianos. La calle olía a pólvora y atronaban los oídos arcabudazos y voces. Pasé entonces, como otras veces, por la puerta una casa interdicta y réproba a sentir del pueblo, en la que vivía, según fama y el cura, un viejo del color de los pepinos, más delgado que un cabello, más malo que la sarna, más pellejo que el de las lentejas, que había tomado oficio de “pederasta” y ahora era “pedófilo” y “sodomita” cum laude. Al pasar miré por el rabillo del ojo a la puerta prohibida. El postigo se entreabrió y surgió de la sombra un mano fiambre que me hizo con el índice un garabato sireno. De otra mano, la mano de la audacia, la cual junto con Fortuna guió mis pasos, acaté la invitación, abrí la puerta y pasé. Al fondo del pasillo vi avanzar dando saltos como un cuervo un anciano en paños menores. Me aventuré más. Entré hasta la cocina, un cuartucho oscuro y sucio que iluminaba una ventana encortinada, cuyo único engalanamiento era un hermoso jamón que pendía del gancho de una viga . El viejo me miraba y con la lengua se relamía la telilla blanca de la comisura de los labios. Sin mediar un segundo se rió, se arremangó el camisón y dejó al descubierto sus vergüenzas. Una verga raquítica y buída pero tiesa como una cerbatana me apuntaba desde su amojamada entrepierna. “Chupa, chupa” me dijo el viejo urraca. ¿Y yo, a esa edad inocente, sin discenir claramente entre el bien y el mal, lectora, que podía hacer? ¡Pues chupar! Di un salto de rana y de un estirón le descolgué al príapo de Callosa el jamón de la viga y, como una saeta, salí por patas dejándolo allí con tres palmos de narices. Así pegué yo el estirón y ¡vaya si chupé! Hasta el güeso. El riquísimo cuarto trasero porcino curado, quedó como el perfil de una alambre.
Esto no cambió mis malos hábitos, que un jamón alimenta pero no viste, si bien varió mi dieta una semana. Seguí creciendo solitario y pajarero. Aún me río cuando revivo aquella anécdota. Seguí dando tumbos y dándome tutes en aquel villorrio sin que nada interesante me ocurriese hasta el día de mi confirmación, día que torció mi historia y esto ahora lo explico, lector.
Había recibido el cachete del lechón del obispo (el muchacho que me antecedía le puso la otra como en el evangelio) y me salí a todo trote de la iglesia pues como era mi obligación para con mis posaderas tenía que ayudar en la casa y al doblar una esquina di de boca y manos sobre mi perdición o la de muchos, el más hermoso ángel que han conocido las eras, las eras y las riberas de Callosa y aledaños. No la vide. No me dio tiempo a frenar ¡y que colisión tan placentera! Sentí unos blandos senos oprimirme la medalla de la Virgen contra el pecho y dos nudos formárseme y apretarme, uno en la garganta y otro palmo y medio más abajo del ombligo. Ella debió sentirlo también porque no se movió sino que se dejó estar mirándome fijamente a los ojos lo que me pareció la eternidad durante unos segundos. Era, Manuela, en el pueblo una leyenda viviente. 57 abriles la ceñían. Hija de madre soltera y padre desconocido doctor de la iglesia. Su fue infancia dura y alargada. Su madre murió siendo ella una criatura. Lavaba la ropa a las mujeres por unas monedas luego se llevaba a su casa donde recibía otras monedas, sobretodo si las mujeres no estaban. Compadecida de muchas, rechazada por algunas, disfrutada por todos, la carajera, ahora estaba allí, frente a mi, dándome con el dulce céfiro de sus escasos dientes en la mejilla, la leyenda del pueblo, el mito, la mujer que todas las mujeres odiaban por que lavaba más blanco. Esa noche, amparándonos en la sombra de muro del castillo de Bernia, como había acontecido tantas veces con otros antes que yo, sacamos a relucir nuestros trapos sucios mientras nos entregábamos febrilmente a… lavar la ropa.
Estos pasajes me evocan las lecturas que de muy joven realice sobre El Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo. Había otra pero no recuerdo el nombre. De todas formas es un estilo que me gusta y una forma de contar muy "musical"
Musical y con una buena escenografía. Con gran arte trata el amigo Crisdolot las aventuras del mozo de Callosa. Espero con ansia el resto de la historia.
La Posada te ofrece
Te ofrece un salón donde tratar todos los temas, la biblioteca para los libros, la sala de tv con peliculas,la cocina y sus guisos; la buhardilla llena de magia y nostalgia cuyos objetos cuentan una historia y por supuesto los cuartos personales